Aguas residuales brotan sobre la avenida Lázaro Benavides y evidencian el deterioro urbano
El derrame de aguas se encuentra entre las colonias Real del Norte y Nueva Americana afectando a familias y comercios

En plena mancha urbana de Piedras Negras, en un punto altamente transitado y rodeado de viviendas, negocios y centros escolares, se presenta una situación que pone en evidencia no solo el deterioro de la infraestructura urbana, sino también la indiferencia prolongada ante problemas que, lejos de resolverse, se agravan con el paso del tiempo.
A la altura de la colonia Real del Norte, justo en la intersección con el sector Nueva Americana, un brote de aguas residuales lleva varios días extendiéndose por la avenida Lázaro Benavides, generando encharcamientos constantes, malos olores y una preocupante degradación del pavimento. A lo largo de varios metros, las aguas negras fluyen a la vista de quienes viven, trabajan o transitan por la zona, sin ningún tipo de contención o medida visible que indique atención o reparación.
La escena es desalentadora. El agua putrefacta corre libremente por la vía, penetrando hendiduras del pavimento que ya muestra grietas y hundimientos a consecuencia de la humedad constante. Lo que en otras ciudades puede ser atendido con premura, aquí permanece sin solución, mostrando no solo un problema de servicios básicos, sino también una fractura en la gestión urbana que debería garantizar condiciones mínimas de salubridad para la población.
Más allá de los visibles daños materiales a la carpeta asfáltica —que progresivamente cede ante la acumulación de agua y residuos—, el riesgo sanitario se vuelve un foco de alerta en un contexto en el que la salud pública debería ocupar un lugar prioritario. No se trata únicamente de una molestia estética o de movilidad; se trata de una exposición directa a residuos contaminantes que, al estar al aire libre, favorecen la propagación de bacterias, virus y plagas.
Lo más preocupante de este caso es la ubicación específica del brote: a solo unos cuantos metros de un jardín de niños, cuyos alumnos están por iniciar el nuevo ciclo escolar. La cercanía entre un punto de riesgo sanitario y un centro educativo infantil es inadmisible desde cualquier óptica, pues deja en claro que no existe un protocolo preventivo ni un mecanismo de respuesta inmediata que actúe con base en prioridades sociales.
Los días siguen transcurriendo y el drenaje continúa su curso, impregnando de malos olores el ambiente, afectando negocios colindantes, filtrándose en las banquetas, y comprometiendo la vida cotidiana de familias que han aprendido a convivir —sin resignarse— con este tipo de episodios. La problemática, que parece anecdótica en otros contextos, aquí se vuelve parte de una normalidad dañina: la costumbre de tolerar lo inaceptable.
En un escenario urbano donde el desarrollo de fraccionamientos ha crecido de manera acelerada, es evidente que los servicios básicos no han logrado seguir el mismo ritmo. Las redes de drenaje, en muchos casos, ya no responden a las demandas actuales de población ni de uso, y muestran signos claros de desgaste y colapso. No se trata solo de infraestructura vieja, sino de un modelo que no se ha renovado conforme a las necesidades reales del presente.
El hecho de que este incidente ocurra en una de las avenidas más transitadas de la ciudad no es menor. Lázaro Benavides conecta múltiples sectores y es utilizada por vehículos particulares, transporte público, ciclistas y peatones. Es, por tanto, una vía esencial para la movilidad diaria, pero también una que ahora representa un obstáculo, un riesgo y una incomodidad para quienes no tienen otra alternativa que transitarla.
Ante estas condiciones, la crítica social no puede ser ignorada ni minimizada. Las demandas ciudadanas no solo se relacionan con mejoras estéticas o proyectos de gran escala, sino con asuntos esenciales como tener calles sin fugas de aguas negras, banquetas transitables, y escuelas libres de focos infecciosos. Cuando lo básico falla, el resto de las promesas de desarrollo pierden sustancia.
En suma, el brote de aguas residuales sobre la avenida Lázaro Benavides no es solo un problema puntual, sino un síntoma de una realidad más amplia: una ciudad que requiere planeación estratégica, inversión sostenida en infraestructura básica y, sobre todo, voluntad para resolver los problemas que realmente afectan la calidad de vida de su gente.
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