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Anexos: el negocio oculto que lucra con la desesperación de las familias

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Mario Alemán
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Mientras padres vendían pertenencias y pagaban “por esperanza”, centros de rehabilitación movían cientos de miles de pesos cada mes.

La muerte de un interno dentro del centro de rehabilitación “Fe, Esperanza y Amor” no solo dejó al descubierto un presunto caso de violencia brutal al interior del anexo. También abrió una discusión incómoda y dolorosa que por años muchas familias prefirieron no cuestionar: los anexos se han convertido en un negocio silencioso que lucra con la desesperación de padres, madres y esposas que buscan rescatar a un ser querido de las adicciones.

Durante años, cientos de familias han entregado dinero semana tras semana creyendo que pagan por ayuda, disciplina y una oportunidad de vida para sus hijos. Lo hacen aferrados a la esperanza de verlos rehabilitados, alejados del alcohol, las drogas y las calles. Sin embargo, detrás de muchas puertas cerradas, la realidad parece ser otra.

El caso del anexo “Fe, Esperanza y Amor” estremeció a Monclova luego de que un interno perdiera la vida presuntamente tras ser golpeado severamente. El lugar, dirigido por el pastor Valentín Bustos Cabrera, era presentado como un espacio de fe y transformación espiritual, donde la palabra de Dios era utilizada constantemente para convencer a las familias de que ahí sus seres queridos encontrarían salvación.

Pero tras el operativo realizado por autoridades, donde fueron desalojados alrededor de 136 internos y varias personas terminaron detenidas, comenzó a surgir otra cara del negocio.

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Dentro del centro había aproximadamente 140 internos.

Cada uno de ellos pagaba cerca de mil pesos semanales por permanecer encerrado en el lugar. Al multiplicar la cifra, el ingreso semanal rondaba los 140 mil pesos. Al mes, la cantidad superaba fácilmente los 560 mil pesos, y al año el dinero movido dentro del anexo alcanzaría cifras millonarias.

Y eso sin tomar en cuenta cuotas de ingreso, aportaciones extras, ropa, comida y otros gastos que muchas familias absorbían constantemente creyendo que contribuían al proceso de rehabilitación.

Lo más doloroso para muchos padres no es únicamente el dinero perdido, sino la sensación de haber confiado en personas que hoy son señaladas por hechos violentos.

Jorge Escobedo, padre de uno de los detenidos tras el operativo, relató con impotencia que era la segunda ocasión que ingresaba a su hijo al centro “Fe, Esperanza y Amor”. Como muchos otros padres, aseguró que hizo sacrificios económicos pensando que realmente estaba pagando por una oportunidad de cambio.

Explicó que las familias hacen hasta lo imposible por ayudar a sus hijos cuando enfrentan problemas de adicción. Algunos trabajan dobles turnos, otros piden prestado y muchos dejan de cubrir necesidades propias para completar las cuotas semanales de los anexos.“Nunca imaginé que esa inversión terminaría para que mi hijo estuviera en la cárcel”, expresó con tristeza.

Sus palabras reflejan el sentimiento de muchas familias que ahora aseguran sentirse engañadas.

Varias madres de otros detenidos también confesaron que durante mucho tiempo tuvieron una percepción completamente distinta del pastor que dirigía el centro. Lo veían como un hombre dedicado a ayudar personas, alguien que hablaba constantemente de Dios, disciplina y rehabilitación.

Incluso, aseguran que jamás imaginaron las cantidades de dinero que podían generarse dentro del lugar hasta que comenzaron a hacer cuentas tras el escándalo.

Al sumar los pagos semanales de decenas y decenas de internos, la sorpresa fue inmediata. Lo que aparentaba ser una obra de ayuda terminó revelando ingresos comparables a los de una empresa altamente rentable.

Y es precisamente ahí donde nace la polémica que hoy divide opiniones en Monclova: mientras muchas familias creen estar pagando por salvar vidas, algunos anexos podrían haberse convertido en negocios disfrazados de rehabilitación.

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El problema va más allá de un solo centro.

En toda la región existen anexos que operan bajo esquemas similares, utilizando discursos religiosos, reglas estrictas y promesas de transformación para atraer a familias desesperadas que harían cualquier cosa por rescatar a un ser querido.

La falta de supervisión, regulación y vigilancia ha permitido durante años que muchos de estos lugares operen prácticamente en secreto. Detrás de bardas altas y puertas cerradas, decenas de internos permanecen aislados mientras las familias continúan entregando dinero con la esperanza de recibir resultados.

Hoy, tras la muerte del interno en “Fe, Esperanza y Amor”, la pregunta que comienza a incomodar a toda la sociedad es inevitable: ¿cuántos anexos realmente ayudan… y cuántos terminaron convirtiendo el sufrimiento ajeno en un negocio millonario?

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