Así es como 'el alcohol reconfigura el cerebro' para volverlo adicto

El cerebro humano evolucionó en contextos marcados por la carencia y el peligro, pero en la actualidad enfrenta un escenario completamente distinto: una disponibilidad masiva de estímulos y sustancias placenteras.
El alcohol, ampliamente aceptado y fácil de conseguir, puede modificar la química cerebral hasta el punto de que el organismo deje de verlo como algo opcional y lo perciba como indispensable para su bienestar.
Este proceso está relacionado con la dopamina, el neurotransmisor vinculado al placer y la motivación. Las sustancias adictivas provocan liberaciones intensas y rápidas de dopamina en el sistema de recompensa cerebral. La psiquiatra Anna Lembke, de la Universidad de Stanford, explica que el alcohol altera el cerebro de modo que este registra la experiencia de beber como relevante y crucial para la supervivencia. Esa descarga química se asemeja a las recompensas naturales —como alimentarse— pero con una intensidad mucho mayor, lo que lleva al cerebro a priorizarla.
Con el consumo repetido, se produce un fenómeno de neuroadaptación. Ante estímulos tan potentes, el cerebro disminuye su propia producción de dopamina, generando un estado de carencia persistente. Como consecuencia, la persona requiere cantidades crecientes y más frecuentes no tanto para experimentar placer, sino para evitar el malestar y sentirse “normal”. Este patrón puede desembocar en anhedonia, es decir, la pérdida de la capacidad de disfrutar actividades cotidianas. Incluso después de años de abstinencia, la respuesta al estrés puede permanecer alterada en personas con antecedentes de adicción.
El impacto del alcohol también se manifiesta a nivel físico y celular. La neurocientífica Jill Bolte Taylor, de Harvard, sostiene que esta sustancia deshidrata las células al extraerles agua, debilitándolas hasta provocar su muerte. En la misma línea, el neurólogo Richard Restak aconseja evitar completamente el alcohol a partir de los 65 años para reducir el riesgo de deterioro cognitivo acelerado.
No obstante, los expertos coinciden en que suspender el consumo permite iniciar un proceso de recuperación. Tras un mes sin beber, comienzan a observarse cambios físicos y psicológicos significativos. Los primeros 10 a 14 días suelen ser los más complejos debido a síntomas como ansiedad e insomnio. Se estima que al menos cuatro semanas de abstinencia son necesarias para que el sistema de recompensa empiece a restablecerse. Durante ese tiempo, el cerebro incrementa gradualmente su producción natural de dopamina y, después del primer mes, la persona comienza a redescubrir el disfrute en estímulos más sencillos y naturales.
La doctora Lembke subraya que vivimos en una época en la que el acceso constante a bienes y sustancias placenteras representa un desafío biológico sin precedentes. En su opinión, la adaptación a esta abundancia dependerá de nuestra capacidad para regular impulsos con un cerebro que, en esencia, sigue configurado para sobrevivir en condiciones de escasez.
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