Betabloqueantes tras un infarto: estudio internacional pone en duda su uso rutinario

Los resultados del ensayo clínico REBOOT, que incluyó a más de 8,500 pacientes de España e Italia, indicaron que el uso rutinario de betabloqueantes después de un infarto no disminuye el riesgo de muerte, nuevos infartos ni hospitalizaciones en personas cuya función de bombeo cardíaco permanece conservada. En estos pacientes, evitar este tratamiento podría reducir efectos secundarios como cansancio persistente, frecuencia cardíaca baja y otros inconvenientes, favoreciendo una mejor calidad de vida.
Los hallazgos proceden del estudio REBOOT, uno de los más grandes realizados sobre este tema, dirigido por el cardiólogo Valentín Fuster, presidente de Mount Sinai Fuster Heart Hospital y director general del Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares. Los resultados fueron presentados durante el congreso de la European Society of Cardiology en Madrid y publicados en la revista The New England Journal of Medicine.
Un tratamiento histórico bajo revisión
Los betabloqueantes comenzaron a utilizarse de forma habitual tras un infarto hace más de cuatro décadas, cuando las opciones terapéuticas eran más limitadas y las complicaciones cardiovasculares eran más frecuentes.
Actualmente, el tratamiento del infarto ha evolucionado considerablemente gracias a procedimientos que permiten reabrir rápidamente las arterias coronarias obstruidas, además del uso de medicamentos modernos como estatinas y antiagregantes plaquetarios, que han reducido de manera importante el riesgo de muerte y de nuevos eventos cardiovasculares.
Ante estos avances, los investigadores se plantearon si los betabloqueantes siguen siendo necesarios en pacientes que conservan una función cardíaca normal después de un infarto.
Principales resultados del ensayo REBOOT
El estudio incluyó a 8,505 pacientes atendidos en 109 hospitales de España e Italia. Todos habían sufrido un infarto de miocardio sin complicaciones graves y mantenían una capacidad normal de bombeo del corazón.
Tras el alta hospitalaria, los participantes fueron divididos en dos grupos: uno recibió betabloqueantes y el otro no. Ambos continuaron con el tratamiento cardiovascular estándar y fueron seguidos durante casi cuatro años.
Los resultados mostraron que el uso sistemático de betabloqueantes no produjo una reducción significativa en la mortalidad, la aparición de nuevos infartos ni las hospitalizaciones por insuficiencia cardíaca en pacientes con función cardíaca preservada.
Según Fuster, este estudio podría influir de forma importante en futuras guías clínicas internacionales sobre el manejo posterior al infarto.
Un cambio que podría afectar a millones de pacientes
Los investigadores señalaron que actualmente más del 80% de los pacientes que sufren un infarto sin complicaciones reciben betabloqueantes al momento del alta hospitalaria.
El cardiólogo Borja Ibáñez, investigador principal del estudio, destacó que estos resultados podrían evitar tratamientos innecesarios en miles de personas.
Los efectos secundarios también son relevantes
Aunque los betabloqueantes suelen considerarse seguros, pueden provocar efectos adversos como fatiga, disminución excesiva de la frecuencia cardíaca y problemas de función sexual.
Para quienes ya deben tomar varios medicamentos después de un infarto, eliminar tratamientos sin beneficios demostrados podría facilitar el cumplimiento terapéutico y mejorar su bienestar diario.
Hallazgos específicos en mujeres
Un análisis adicional publicado en la revista European Heart Journal encontró que las mujeres con función cardíaca completamente normal después de un infarto presentaron un mayor riesgo de muerte, reinfarto o insuficiencia cardíaca cuando recibían betabloqueantes.
Entre las pacientes con una fracción de eyección igual o superior al 50%, el riesgo absoluto de mortalidad aumentó un 2.7% durante un seguimiento promedio de 3.7 años en comparación con aquellas que no tomaban estos medicamentos.
Este incremento no se observó en hombres ni en mujeres con una ligera disminución de la función cardíaca.
Los especialistas recalcan que estos hallazgos no significan que los pacientes deban suspender sus medicamentos por cuenta propia, sino que las decisiones terapéuticas deberían individualizarse más.
La evolución de la cardiología moderna
Según Ibáñez, los beneficios clásicos de los betabloqueantes estaban relacionados con la reducción del consumo de oxígeno del corazón y la prevención de arritmias potencialmente mortales.
Sin embargo, la rápida apertura de arterias coronarias y los tratamientos actuales han reducido significativamente el daño cardíaco tras un infarto, modificando el contexto en el que estos fármacos demostraron inicialmente su eficacia.
El ensayo REBOOT fue financiado sin participación de la industria farmacéutica.
Otros estudios apuntan en la misma dirección
REBOOT no es el único trabajo que cuestiona el uso universal de betabloqueantes tras un infarto.
El estudio REDUCE-AMI, publicado en 2024, tampoco encontró beneficios claros en términos de mortalidad o prevención de reinfarto en pacientes con función cardíaca preservada.
Por otro lado, los ensayos BETAMI-DANBLOCK sugieren que algunos pacientes sí podrían beneficiarse, especialmente aquellos con una función cardíaca moderadamente reducida.
Un metaanálisis posterior mostró que los betabloqueantes podrían seguir siendo útiles en personas con una fracción de eyección entre el 40% y el 49%, mientras que no ofrecieron ventajas evidentes en quienes mantenían una función cardíaca completamente normal.
Hacia una medicina más personalizada
La evidencia científica más reciente sugiere que el uso de betabloqueantes después de un infarto podría dejar de ser una recomendación universal.
Estos medicamentos continúan siendo fundamentales para pacientes con insuficiencia cardíaca, arritmias u otras enfermedades cardiovasculares específicas. Sin embargo, en personas que han sufrido un infarto sin complicaciones y conservan una función cardíaca normal, su utilización rutinaria está siendo reevaluada.
Expertos consideran que el futuro del tratamiento cardiovascular se orienta hacia estrategias más personalizadas, adaptadas a las características y necesidades individuales de cada paciente.
Fuster afirmó que estos resultados representan un cambio importante en la práctica clínica, mientras que otros especialistas consideran que la evidencia acumulada respalda revisar las recomendaciones tradicionales sobre el uso rutinario de betabloqueantes después de un infarto. La información disponible indica que cerca del 70% de los pacientes que sobreviven a un infarto mantienen una función cardíaca preservada, por lo que este cambio podría afectar a un gran número de personas.
En conjunto, los datos sugieren que los betabloqueantes seguirán teniendo un papel esencial en determinados grupos de pacientes, pero que su uso generalizado tras un infarto podría dar paso a un enfoque más selectivo y basado en las características individuales de cada caso.
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