'Club de las 5 de la mañana': madrugar no te hará más rico y puede perjudicar tu salud

En redes sociales y manuales de autoayuda circula una idea atractiva: formar parte del “club de las 5 de la mañana” sería la puerta de entrada al éxito. Levantarse a esa hora promete mayor productividad, más disciplina y, en consecuencia, una vida superior.
Figuras como Tim Cook, director ejecutivo de Apple, son conocidas por comenzar su jornada de madrugada, y el actor Mark Wahlberg llegó a difundir rutinas en las que aseguraba despertarse a las 2:30 para entrenar. El mensaje implícito parece evidente: si quieres triunfar, debes adelantarte al amanecer.
Sin embargo, la evidencia científica sobre el sueño y el rendimiento dibuja un panorama mucho menos heroico. Para muchas personas, forzarse a madrugar no impulsa el éxito, sino que puede traducirse en menor rendimiento, decisiones más impulsivas y una factura de salud que termina pasando cuenta.
No todos compartimos el mismo reloj biológico. Existen diferencias individuales conocidas como cronotipos: algunas personas son más matutinas (“alondras”), mientras que otras alcanzan su mejor desempeño por la tarde o la noche (“búhos”). Estas variaciones no dependen de la fuerza de voluntad, sino que tienen una base biológica y genética. Con el paso de los años el reloj interno tiende a adelantarse ligeramente —la adolescencia suele ser más nocturna y la adultez algo más madrugadora—, pero es un proceso gradual, no algo que pueda modificarse de golpe por disciplina.
Intentar transformar a un noctámbulo en madrugador de un día para otro suele chocar con la fisiología. El cuerpo puede levantarse, pero el cerebro continúa en “modo nocturno”. Cuando las obligaciones externas no coinciden con el ritmo interno aparece lo que se conoce como “jet lag social”: un desfase crónico que no solo genera cansancio, sino que altera procesos metabólicos, favorece la resistencia a la insulina y aumenta el riesgo cardiovascular.
El mayor peligro del famoso club no es tanto madrugar, sino recortar horas de sueño. La mayoría de los adultos necesita entre siete y nueve horas para funcionar bien. Sin embargo, muchas personas adoptan rutinas extremas sin acostarse antes, simplemente reduciendo el descanso. En ciertos discursos de productividad incluso se ha llegado a desprestigiar el sueño, como si descansar fuera un signo de debilidad y no una necesidad biológica.
Dormir no es tiempo perdido. Durante la noche el cerebro consolida recuerdos, regula emociones, refuerza el sistema inmunitario y mantiene el equilibrio metabólico. La privación crónica incrementa la fatiga, la irritabilidad y el riesgo de problemas de salud mental, además de deteriorar la atención y la capacidad cognitiva. Las últimas fases del sueño, que suelen perderse cuando el despertador suena demasiado pronto, son clave para integrar experiencias y afinar el juicio.
Confundir más horas despierto con mayor productividad es un error frecuente. Un cerebro con déficit de sueño puede estar activo a primera hora, pero opera con menor control ejecutivo, más impulsividad y peor capacidad para planificar o liderar con empatía. Trabajar más durmiendo menos es como acelerar un coche al que se le han quitado los frenos: puede avanzar, pero el riesgo aumenta en la siguiente curva.
El auge del madrugón extremo también refleja algo más amplio: la glorificación del agotamiento como símbolo de compromiso. En muchos entornos laborales se ha premiado a quienes presumen de dormir poco o de estar siempre disponibles. Sin embargo, la evidencia muestra que los líderes fatigados suelen percibirse como más irritables, menos inspiradores y menos conectados con sus equipos.
Además, la narrativa de las “mañanas milagrosas” suele ignorar las circunstancias reales. No todas las personas pueden levantarse temprano para meditar o entrenar en silencio. Para muchas, madrugar implica simplemente añadir más cansancio a jornadas ya exigentes y responsabilidades familiares.
Esto no significa que levantarse temprano sea negativo en todos los casos. Hay quienes se sienten bien haciéndolo y descansan lo suficiente. El problema surge cuando se presenta como fórmula universal y se ignora la diversidad biológica.
Como recuerda The Conversation, la ciencia del sueño puede resultar menos épica que los discursos motivacionales, pero es mucho más práctica: lo esencial no es despertar antes que los demás, sino dormir lo necesario y mantener horarios regulares. Tal vez la verdadera ventaja no sea ganarle tiempo al sol, sino empezar el día con la mente realmente descansada. El éxito no comienza a las cinco de la mañana, sino cuando dejamos de vivir en un estado constante de agotamiento.
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