Coahuila concentra 47% del gas y queda en el centro del fracking

Coahuila concentra el 47% del gas no convencional del país, lo que lo convierte en pieza clave para el desarrollo energético. Sin embargo, el fracking implicaría alto consumo de agua en una región ya afectada por sequía y estrés hídrico.
En los últimos años, México enfrenta un problema importante: cada vez produce menos gas natural. Hace dos décadas, el país generaba alrededor de 6.5 mil millones de pies cúbicos diarios, pero actualmente esa cifra cayó a 3.9 mil millones. Esta reducción ha obligado a incrementar las importaciones, alcanzando en 2025 cerca de 6.6 mil millones de pies cúbicos diarios, principalmente desde Texas, en Estados Unidos.
Esta dependencia es preocupante porque el gas natural es fundamental para la generación de electricidad y el funcionamiento de la industria nacional.
Proceso
Ante este escenario, el gobierno federal analiza el uso del fracking, una técnica que permite extraer gas atrapado en formaciones rocosas profundas. Este proceso consiste en inyectar agua, arena y aditivos químicos a alta presión para fracturar la roca y liberar el hidrocarburo. Aunque representa una oportunidad para aumentar la producción nacional, también ha generado una fuerte controversia por sus posibles impactos.En México, el desarrollo del fracking se concentraría en tres principales regiones: Sabinas–Burro Picachos (Coahuila y Nuevo León), Burgos (Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas) y Tampico–Misantla (Veracruz, San Luis Potosí e Hidalgo). De estas zonas, destaca especialmente Coahuila, ya que en la cuenca Sabinas–Burro Picachos se concentra aproximadamente el 47% de los recursos prospectivos de gas del país. Esto convierte al estado en el epicentro del debate energético nacional.
Mercados
Además, estas formaciones geológicas se extienden hacia el sur de Texas, donde el fracking es una práctica ampliamente desarrollada. Esto significa que México comparte el mismo tipo de recursos, pero enfrenta desventajas importantes, como menor experiencia técnica e infraestructura limitada, además de competir contra uno de los mercados de gas más baratos del mundo. El gobierno ha adoptado una postura intermedia. La presidenta Claudia Sheinbaum ha señalado que se buscará aprovechar estos recursos “de una manera sustentable”, evitando el uso del fracking tradicional con químicos agresivos. Incluso ha planteado el uso de tecnologías alternativas, como agua reciclada o compuestos biodegradables. Sin embargo, también reconoció el dilema central: “¿Explotamos el gas no convencional? Sí, porque nos da soberanía energética; no, porque nos trae efectos ambientales”.
Consumo
Por su parte, especialistas han advertido que los riesgos ambientales son significativos. Entre ellos destacan la posible contaminación de acuíferos, ya que los químicos o el gas pueden filtrarse hacia el agua subterránea. También preocupa el alto consumo de agua, pues cada pozo puede requerir entre 100 mil y 130 mil barriles, lo cual es especialmente crítico en regiones como Coahuila y Nuevo León, donde existe un fuerte estrés hídrico. A esto se suman las emisiones de metano, un gas de efecto invernadero que contribuye al cambio climático, así como posibles daños al suelo, infraestructura y ecosistemas. Incluso se han documentado riesgos sísmicos asociados a esta práctica. Aunque existen medidas de mitigación, como revestimientos especiales y monitoreo de fugas, expertos señalan que no eliminan completamente los impactos. La investigadora Miriam Grunstein ha señalado que no existe un “fracking ecológico”, particularmente en regiones con escasez de agua, donde cualquier intento de explotación implicará consecuencias ambientales inevitables.
El gas producido en Texas tiene costos muy bajos, de entre 2 y 4 dólares por unidad, lo que lo convierte en uno de los más competitivos del mundo. En contraste, México enfrentaría costos iniciales más altos debido a la falta de infraestructura, tecnología y experiencia en yacimientos no convencionales. Esto significa que la rentabilidad dependería de grandes inversiones y de lograr una producción a gran escala. Más de 70 ONG han advertido que no existe evidencia de un fracking verdaderamente sustentable y que su implementación podría contradecir los compromisos climáticos del país, además de generar impactos sociales y ambientales en las comunidades.
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