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Cuando el cuerpo avisa en susurros que algo anda mal allá adentro

ENFERMEDADES
Redacción El Tiempo
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Bajé del auto como cada mañana, con esa molestia leve en la zona lumbar que no incapacita, pero tampoco pasa desapercibida. No es dolor aún, es una advertencia. Una señal temprana del cuerpo, como si tocara suavemente antes de decidir irrumpir. En ese momento pensé en el libro que tenía delante: 

Tu dolor de espalda tiene solución (si sabes cómo). Y en esa parte incómoda que solemos ignorar: “si sabes cómo”.

—Aquí tienes pautas para empezar desde hoy mismo —me comenta Juanma Ortega, fisioterapeuta, experto en recuperación funcional y autor del libro—. Pero antes hay que replantear la pregunta. No es “me duele la espalda”, sino “¿qué hizo mi cuerpo para llegar a este punto?”.

Habla con calma, con la seguridad de quien ha visto durante años cómo los cuerpos se deterioran no por accidentes espectaculares, sino por la acumulación de pequeños errores diarios. “La mayoría no se lesiona por una caída grave o un choque. Se lesiona por pasar veinte años sentándose mal, caminando mal, repitiendo la misma postura durante ocho horas al día”.

Me observa con atención, como si leyera un plano corporal: la cabeza ligeramente adelantada, un hombro más alto, la tensión en la parte posterior de las piernas. “Pasas muchas horas sentado. Tus músculos posteriores están siempre en tensión. No es casual que ya no te inclines igual que antes para atarte los zapatos”.

El cuerpo siempre envía señales

La escena es conocida: llevas horas sin moverte, te levantas y la espalda se queja. Caminas unos pasos y parece aliviarse. Crees que no ocurrió nada, pero sí ocurrió. “Ese es el murmullo del cuerpo. El problema es que casi nadie le presta atención. Y cuando finalmente grita, ya vamos tarde”.

Juanma lo explica sin alarmismo, pero con una claridad inquietante: “Un músculo que pierde elasticidad se vuelve rígido. Y un músculo rígido es como una liga reseca: no vuelve a su forma, se rompe. A veces con un mal movimiento, otras al resbalar, o al inclinarte a cargar algo. Entonces aparece la hernia, la contractura o la ciática. Pero eso no es el origen, es el resultado”.

Según explica, la medicina actual ha acostumbrado a buscar soluciones rápidas: pastillas, inyecciones, infiltraciones, cirugías. “Te dicen: ‘tienes una hernia’. Pero la hernia no es la causa, es la respuesta del cuerpo a años de mal uso. Si no corriges el origen, incluso después de una cirugía el problema regresa. Por eso el verdadero éxito no se mide a las dos semanas, sino a los cinco años”.

Moverse o apagarse

La conversación deriva hacia algo personal. Mi padre tiene 91 años y está postrado. El movimiento desapareció de golpe y con él, poco a poco, la vida. Juanma asiente. “Un cuerpo que deja de moverse se apaga. No es una metáfora. En quince días de hospitalización, una persona mayor pierde masa muscular, coordinación e incluso orientación. El movimiento no es un lujo, es una función vital”.

Recuerda una frase que repite a menudo: “El sedentarismo es una muerte silenciosa. No llega de golpe, no avisa con un impacto. Te va consumiendo hasta que un día ya no puedes levantarte solo”.

El error, aclara, no es solo no moverse, sino moverse mal. “Hay quien pasa ocho horas sentado y cree compensarlo corriendo una hora. Pero eso es exigir más a los mismos músculos que ya están saturados. Es como salir del trabajo y entrar a otro igual por dos horas más. No es descanso. Al músculo le ocurre lo mismo”.

No es la edad, es el uso

El ejercicio también es una forma de estrés, explica. “No puedes pasar de un día cargado de tensión física y mental a estresarte aún más sin preparar el cuerpo. Por eso vemos lesiones en personas que ‘hacen ejercicio’, pero no trabajan la elasticidad, no estiran, no conocen su propio mapa muscular”.

Enumera señales que parecen menores, pero no lo son:

el tendón de Aquiles que cambia de forma,

la cadera que pierde movilidad,

el hombro que se eleva,

la cabeza que se adelanta.

“Son avisos. El cuerpo siempre habla”.

Le digo que me siento joven, que tengo 64 años, aunque ya no corro como antes. Sonríe. “Ese es otro error: no aprender a envejecer. No se trata de dejar de moverse, sino de adaptar el movimiento. Si antes corrías cinco días, ahora corre dos y camina los demás. Caminar es un ejercicio extraordinario. El problema no es la edad, sino cómo has usado tu cuerpo durante años”.

 

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