Ejercicio no siempre reduce el peso: lo que dice la ciencia sobre el estancamiento

Aunque suele pensarse que hacer más ejercicio lleva directamente a bajar de peso, la evidencia científica indica que esta relación no siempre es tan simple. Muchas personas pierden algunos kilos al iniciar actividad física, pero con el tiempo ese avance puede frenarse o incluso revertirse. Esto no es algo raro, sino el resultado de diversos factores biológicos, conductuales y evolutivos.
En teoría, crear un déficit calórico —gastar más energía de la que se consume— debería provocar pérdida de peso. Sin embargo, el cuerpo humano activa mecanismos que complican este proceso, dificultando mantener resultados a largo plazo.
Uno de los factores clave es la llamada “memoria de la obesidad”, que sugiere que el organismo tiende a conservar sus reservas de grasa como una forma de supervivencia. Así, incluso al comer menos y moverse más, el cuerpo puede intentar ahorrar energía. A esto se suma el entorno actual, donde abundan alimentos muy calóricos y apetecibles, lo que favorece el consumo excesivo.
También influye la “compensación energética”. Cuando se incrementa el gasto calórico con ejercicio, el cuerpo puede reducir el uso de energía en otras áreas. Esto puede reflejarse en menos movimiento durante el día, más tiempo en reposo o ajustes en funciones internas, lo que hace que el gasto total no aumente tanto como se esperaba.
Por eso, es común que tras las primeras semanas de ejercicio —cuando se pueden perder entre dos y tres kilos— el peso deje de bajar. Esto puede deberse a un mayor apetito, a una disminución involuntaria de la actividad diaria o a adaptaciones internas del organismo que equilibran el gasto energético.
Investigaciones en poblaciones muy activas han mostrado que, a pesar de su alto nivel de movimiento, su gasto energético total puede ser similar al de personas sedentarias, lo que respalda la idea de que el cuerpo regula la energía de forma más compleja de lo que se creía.
Ante esto, algunos especialistas sugieren variar los tipos de ejercicio, combinando actividades aeróbicas con entrenamiento de fuerza, para evitar que el cuerpo se adapte por completo a una sola rutina. Aunque esta estrategia aún se estudia, podría ayudar a mantener el metabolismo más activo.
Aun con estas limitaciones, el ejercicio sigue siendo esencial para la salud. Aunque la alimentación suele tener un papel más importante en la pérdida de peso, la actividad física mejora la salud cardiovascular, fortalece los músculos, reduce el riesgo de enfermedades y favorece el bienestar general.
Además, mantenerse activo ayuda a prevenir la recuperación del peso perdido. Por ello, enfocarse únicamente en la báscula puede ser insuficiente; un enfoque más completo, que incluya buena alimentación, descanso y ejercicio variado, suele ofrecer mejores resultados a largo plazo.
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