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Entre redes y realidad: el efecto de falsas amenazas en escuelas

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Mario Alemán / El Tiempo
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Para el especialista Pablo Reyna, estos comportamientos responden a una lógica emocional donde el reconocimiento pesa más que la empatía.

Lo que comenzó como una frase escrita en un baño escolar terminó por sacudir no solo a un plantel educativo, sino a toda una comunidad. La mañana del miércoles, el Colegio Montessori de Monclova vivió momentos de tensión tras la aparición de un mensaje que advertía sobre un supuesto tiroteo. En cuestión de horas, el rumor se propagó, las autoridades activaron protocolos y los padres llegaron con el miedo reflejado en el rostro.

Pero más allá del operativo y la confirmación de que todo se trató de una “broma”, queda una pregunta que va más allá de lo policiaco: ¿qué está pasando en la mente de los jóvenes?

Entendimiento

 El análisis del Licenciado en Derecho y psicólogo Pablo Reyna se adentra en esta dimensión: la emocional y conductual de los adolescentes en la era digital.Desde su perspectiva, este tipo de actos no nacen del deseo de hacer daño real, sino de una desconexión momentánea con la realidad y una necesidad urgente de validación.“Hoy vemos a un chico que escribe ‘mañana hay tiroteo’ y lo sube a redes. En minutos consigue lo que buscaba: atención inmediata. Pero lo que no alcanza a dimensionar es el efecto dominó que provoca. En su mente, es un juego; en la vida real, es caos”, describe Reyna, trazando una línea clara entre el mundo digital y sus consecuencias tangibles.Para el especialista, estos comportamientos responden a una lógica emocional donde el reconocimiento pesa más que la empatía.

El mensaje no siempre es violencia, muchas veces es un grito de ‘mírenme', conseguir la atención que necesitan”. Pablo Reyna

El adolescente no evalúa el daño porque su foco está en la recompensa social: los “likes”, las reacciones, la notoriedad.“Es un momento en el que el pensamiento hacia el otro se apaga. El cerebro se enfoca en la gratificación inmediata. No hay espacio para imaginar a la madre que entra en pánico o al compañero que no podrá dormir esa noche”, explica.Sin embargo, la historia no termina con la viralización. Reyna advierte que el verdadero impacto llega después.“El mismo chico que se sintió valiente o importante, enfrenta luego una caída abrupta. Pasa de ser quien generó atención a convertirse en el centro de críticas, de miradas, de rechazo. Ahí aparece la culpa, la vergüenza y, en muchos casos, el aislamiento”, señala.Este cambio repentino puede dejar secuelas emocionales importantes, incluso provocar que el menor no quiera regresar a clases.Lo que parecía una simple “broma”, se transforma en una carga psicológica difícil de sostener. Pero el daño no se limita al autor del mensaje. El resto de los estudiantes también queda marcado.“Aunque después se confirme que no era real, el cuerpo ya reaccionó. Hay ansiedad, insomnio, dolor físico. El miedo no se borra con una explicación. El colegio deja de ser ese lugar seguro que todos daban por hecho”, detalla Reyna. En este contexto, el aprendizaje se ve afectado. Las aulas se convierten en espacios de tensión y no de concentración. La confianza —ese pilar invisible del entorno educativo— se fractura.

Escuelas bajo presión

El impacto también recae en docentes y directivos, quienes deben cambiar su rol de educadores a gestores de crisis.“De pronto, los maestros dejan de enseñar para atender emergencias emocionales, calmar a padres, coordinar con autoridades. Es un desgaste constante que no debería formar parte de la rutina escolar”, apunta el especialista. Uno de los puntos más críticos en el análisis de Reyna es el papel del entorno digital.“La gran trampa es pensar que todo se queda en internet.

 
"Hoy vemos a un chico que escribe ‘mañana hay tiroteo’. En minutos consigue lo que buscaba: atención inmediata."  Pablo Reyna Los jóvenes operan en un ‘modo digital’ donde creen que todo desaparece, pero las consecuencias llegan en ‘modo real’, donde nada se borra”, advierte.En este sentido, los retos virales funcionan como un contagio social. Se replican, se adaptan y escalan rápidamente, generando una cadena de conductas que pueden volverse peligrosas. Reyna coincide con otros especialistas en salud mental: detrás de estas conductas hay una demanda profunda de atención.“El mensaje no siempre es violencia, muchas veces es un grito de ‘mírenme’. Cuando un joven no encuentra espacios para ser escuchado, busca cualquier vía, incluso aquellas que generan miedo”, explica.Por ello, insiste en que la respuesta no debe centrarse únicamente en el castigo, sino en la contención.

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