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Estos son los principales signos de autismo en un niño

ENFERMEDADES
Redacción El Tiempo
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Ningún trastorno del neurodesarrollo define completamente a un niño. Cada menor tiene su propio ritmo de desarrollo y un potencial único que no puede reducirse a un diagnóstico. No obstante, existen señales de alerta que pueden orientar hacia la posible presencia de un trastorno de este tipo. En el caso del trastorno del espectro autista (TEA), la prevalencia global se sitúa entre el 1 % y el 2 % de la población, según la Sociedad Española de Neurología Pediátrica (SENEP).

El doctor Alberto Fernández Jaén, responsable de la Unidad de Neurología Infantil del Hospital Universitario Quironsalud Madrid y de Olympia Centro Médico Pozuelo, explica que los indicadores más claros de sospecha de TEA suelen estar relacionados con la comunicación social: ausencia de sonrisa social, falta de señalización para compartir intereses, contacto visual escaso con fines comunicativos o poco interés por interactuar con otros niños. Sin embargo, no todos los niños presentan todas estas características, y algunas de ellas pueden aparecer en personas sin TEA.

El TEA es un trastorno del neurodesarrollo de origen neurobiológico, caracterizado por dificultades en la comunicación y la interacción social, junto con intereses intensos y poco habituales, comportamientos repetitivos o estereotipados y disfunción sensorial.

«Las personas con TEA pueden tener dificultades para interpretar reglas sociales o señales no verbales; en muchos casos muestran intereses muy específicos y poco comunes; y algunas repiten movimientos o palabras. Cada persona con TEA es diferente», señala Fernández Jaén.

Otros aspectos como hablar más tarde, ser más tímido o jugar solo pueden formar parte del desarrollo típico. «No se debe confundir el TEA con timidez, baja competencia social o dificultades en la pragmática del lenguaje (como entender ironías o bromas) u otros trastornos», aclara el especialista. De hecho, aproximadamente uno de cada tres niños con síndrome de Tourette, TDAH, trastornos del lenguaje, retraso global del desarrollo o discapacidad intelectual puede mostrar síntomas del TEA sin cumplir con los criterios diagnósticos completos.

La importancia del patrón global de síntomas

En la adultez, el TEA a veces se confunde con trastornos de la personalidad, especialmente con trastorno de ansiedad social. Por ello, Fernández Jaén enfatiza que no basta con identificar un signo aislado; lo relevante es observar el patrón global de síntomas, su intensidad y persistencia en el tiempo.

«Esto requiere profesionales con experiencia específica en TEA y en trastornos del neurodesarrollo, ya que un diagnóstico inexacto puede llevar a exploraciones innecesarias y a intervenciones poco efectivas», advierte el experto.

Diagnóstico temprano

En las últimas dos décadas, los diagnósticos de autismo han aumentado más del 300 %, gracias a mejoras en la identificación, con una edad media de diagnóstico en España de cuatro años, según la SENEP.

«El diagnóstico temprano es fundamental, ya que permite iniciar intervenciones que aprovechan la gran plasticidad cerebral de los primeros años. Esto mejora la comunicación, el lenguaje, la interacción social y la adaptación al entorno. Además, se deben realizar ajustes en la escuela y la familia para reducir el impacto funcional del trastorno», explica Fernández Jaén.

El especialista añade que la intervención temprana puede aumentar hasta 300 % la eficacia de las medidas aplicadas, aunque recalca que el TEA no se cura, pero la atención precoz mejora las habilidades verbales y sociales y disminuye las dificultades adaptativas presentes y futuras.

Señales de alerta

Las señales más tempranas y relevantes suelen relacionarse con la comunicación y la interacción social:

No mirar para compartir experiencias o llamar la atención de los padres. No sonreír o no responder cuando se le llama por su nombre. No imitar gestos o usar el lenguaje temprano para comunicarse. Pérdida de palabras previamente adquiridas. Falta de interés en el juego o uso inusual de los juguetes.

Estos signos suelen observarse entre el primer y segundo año de vida, aunque en algunos casos pueden ser evidentes desde los 12–18 meses, mientras que en otros el desarrollo inicial parece normal y las dificultades se hacen visibles con mayores exigencias sociales o comunicativas.

Ante la presencia de cualquier señal de alarma, la familia debe consultar al pediatra. «No es necesario esperar a que el problema sea evidente. Si se detectan dificultades en la esfera social o comunicativa, se debe iniciar una evaluación detallada por un profesional con experiencia. Consultar temprano no implica etiquetar, sino valorar, orientar, intervenir y hacer seguimiento», concluye Fernández Jaén.

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