Explican cómo la grasa parda mantiene la presión arterial bajo control

La obesidad favorece el desarrollo de hipertensión; la hipertensión incrementa el riesgo de enfermedades cardiovasculares; y estas, a su vez, representan la principal causa de muerte a nivel mundial.
Aunque el vínculo entre el exceso de grasa corporal y la presión arterial elevada es bien conocido, durante mucho tiempo no se comprendió con claridad el mecanismo biológico detrás de esta relación. La pregunta clave era qué característica de la grasa influye en la función de los vasos sanguíneos y en el control de la presión arterial.
Un estudio reciente publicado en la revista Science aporta una respuesta al demostrar que la grasa beige termogénica —un tipo de tejido adiposo distinto de la grasa blanca y especializado en quemar energía— desempeña un papel directo en la regulación de la presión arterial.
Partiendo de observaciones clínicas que indican que las personas con mayor cantidad de grasa parda presentan menor riesgo de hipertensión, investigadores de la Universidad Rockefeller desarrollaron modelos de ratón incapaces de formar grasa beige, el tipo de grasa termogénica en ratones más comparable a la grasa parda presente en adultos humanos. El objetivo fue analizar qué ocurre cuando este tejido desaparece.
Los resultados mostraron que la ausencia de grasa beige incrementa la sensibilidad de los vasos sanguíneos a la angiotensina II, una de las hormonas vasoconstrictoras más potentes. Además, al bloquear una enzima relacionada con la rigidez vascular y la alteración de la señalización normal, fue posible restaurar una función vascular saludable en los ratones.
Estos hallazgos revelan un mecanismo hasta ahora desconocido que contribuye al desarrollo de la hipertensión y apuntan a posibles terapias más específicas dirigidas a la comunicación entre el tejido adiposo y los vasos sanguíneos.
Según Paul Cohen, director del Laboratorio de Metabolismo Molecular Weslie R. y William H. Janeway, durante años se supo que la obesidad aumenta el riesgo de hipertensión y enfermedades cardiovasculares, pero no se entendía por completo la biología subyacente. Ahora, señala, se sabe que no solo importa la cantidad de grasa, sino su tipo, ya que la grasa parda influye directamente en la función vascular y en la regulación de la presión arterial en todo el organismo.
La grasa parda, presente en recién nacidos, animales y algunos adultos —generalmente en zonas como el cuello y los hombros— se caracteriza por quemar energía y producir calor, a diferencia de la grasa blanca, cuya función principal es almacenar calorías. Estudios previos habían mostrado que las personas con mayor cantidad de grasa parda tienen menor riesgo de hipertensión y otros trastornos cardiometabólicos, aunque hasta ahora solo se contaba con asociaciones, no con pruebas de causalidad.
Para aislar el efecto específico de este tejido, el equipo creó ratones genéticamente modificados en los que se eliminó el gen Prdm16 exclusivamente en las células grasas, suprimiendo la identidad de la grasa beige sin introducir factores de confusión como obesidad o inflamación. De esta forma, los investigadores compararon animales sanos cuya única diferencia era el tipo de grasa que rodeaba sus vasos sanguíneos.
Este cambio tuvo consecuencias significativas. La grasa que rodea la vasculatura comenzó a comportarse como grasa blanca y a producir angiotensinógeno, precursor de una hormona que eleva la presión arterial. Los ratones desarrollaron hipertensión, acumulación de tejido fibroso alrededor de los vasos y una marcada hipersensibilidad de las arterias a la angiotensina II.
Análisis moleculares mostraron que, en ausencia de grasa beige, las células vasculares activaban programas genéticos que favorecen la rigidez del tejido, reduciendo la elasticidad de los vasos y obligando al corazón a trabajar con mayor esfuerzo. Además, los investigadores identificaron que ciertos factores secretados por los adipocitos sin identidad beige eran capaces, por sí solos, de activar genes asociados con la fibrosis vascular.
Entre estos factores destacó la enzima QSOX1, conocida por su papel en la remodelación tisular en el cáncer. Normalmente, la grasa beige mantiene inactiva esta enzima; sin embargo, al perderse esta identidad, QSOX1 se produce en exceso y desencadena cambios que conducen a hipertensión. Para confirmar su papel, se desarrollaron ratones carentes tanto de Prdm16 como de Qsox1. Aunque estos animales no tenían grasa beige, tampoco presentaron disfunción vascular, lo que confirmó que QSOX1 es el elemento clave en este proceso.
En conjunto, los resultados describen una vía de señalización independiente de la obesidad: la pérdida de grasa beige libera QSOX1, lo que provoca remodelación vascular dañina y elevación de la presión arterial. Estudios en grandes cohortes humanas respaldan estos hallazgos, ya que personas con mutaciones en PRDM16 tienden a presentar presión arterial más alta, lo que sugiere que los resultados en ratones son aplicables a humanos.
El estudio ejemplifica un enfoque de “traducción inversa”, en el que observaciones clínicas en humanos guían experimentos en modelos animales para descubrir mecanismos moleculares. Según Cohen, estos descubrimientos podrían abrir nuevas líneas de investigación y conducir al desarrollo de terapias dirigidas de manera más precisa.
Finalmente, el investigador subraya que comprender mejor estos vínculos moleculares acerca a la medicina a un escenario en el que los tratamientos puedan adaptarse a las características biológicas y clínicas específicas de cada persona.
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