La ciencia replicó un cerebro humano con inteligencia artificial

El miedo es una emoción básica que cumple funciones esenciales: nos advierte de peligros, nos prepara para actuar y, en ocasiones, puede bloquearnos.
No obstante, tras años de estudios, es posible que la ciencia lo haya analizado desde una perspectiva limitada. Un experimento reciente, que logró reproducir procesos cerebrales humanos mediante inteligencia artificial, arrojó un resultado inquietante: el miedo auténtico no funciona igual que el que tradicionalmente se examina en laboratorio.
Las limitaciones de los estudios tradicionales
Durante mucho tiempo, la neurociencia investigó el miedo en condiciones altamente controladas. Se utilizaban imágenes perturbadoras, ruidos repentinos o estímulos breves para activar regiones específicas del cerebro y medir su respuesta.
Este método permitió identificar áreas fundamentales como la amígdala cerebral, pero dejó de lado un factor crucial: el contexto. En la vida real, el miedo no surge de manera instantánea; se desarrolla progresivamente mientras el cerebro interpreta señales, anticipa amenazas y sopesa posibles consecuencias. Según los investigadores, esta simplificación pudo haber influido en la comprensión de trastornos como la ansiedad, al basarse en versiones artificiales de la emoción.
Un modelo cerebral impulsado por inteligencia artificial
Con el objetivo de superar estas limitaciones, un grupo de científicos de la Universidad de Hong Kong creó un modelo cerebral apoyado en inteligencia artificial capaz de imitar patrones neuronales humanos.
El sistema fue entrenado combinando datos de neuroimagen con algoritmos que analizaban tanto la actividad cerebral como la interacción entre distintas regiones. A diferencia de los enfoques clásicos, los participantes fueron expuestos a entornos inmersivos y cambiantes que generaban miedo de manera gradual y más natural. Gracias a la IA, fue posible observar la evolución emocional en tiempo real, algo que los métodos convencionales no permitían.
Hallazgos que cuestionan lo establecido
Los resultados sorprendieron al equipo investigador. Los indicadores neuronales clásicos asociados al miedo no se activaban del mismo modo fuera de las condiciones de laboratorio.
En contextos realistas, el cerebro mostraba patrones más distribuidos, transformaciones progresivas y una reorganización constante de sus redes internas. No parecía existir un único “botón” que encendiera el miedo, sino un proceso dinámico que dependía del entorno y de la interpretación individual de la amenaza. Esto sugiere que muchos modelos actuales describen respuestas a estímulos artificiales, más que la experiencia emocional genuina.
El papel de la oxitocina en el miedo social
Tras validar el modelo, los investigadores examinaron el efecto de la oxitocina, hormona vinculada a los lazos sociales. El análisis reveló que su influencia era específica: disminuía el miedo únicamente cuando la amenaza tenía un componente social.
En esas situaciones, se observó mayor comunicación entre la amígdala cerebral y el córtex cingulado medio, regiones clave en la regulación emocional. Cuando el peligro no implicaba interacción social, ese efecto desaparecía.
Implicaciones para la salud mental
Comprender cómo se construye el miedo en escenarios reales tiene implicaciones directas en psiquiatría y psicología clínica. Si el cerebro no reacciona igual ante estímulos artificiales que ante situaciones auténticas, algunos tratamientos podrían estar enfocados en mecanismos incompletos.
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