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La obesidad tiene salida y evidencia científica

ENFERMEDADES
Redacción El Tiempo
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Durante mucho tiempo, la obesidad se interpretó como una simple cuestión de voluntad, como si bastara con “ponerle ganas”, seguir una dieta exprés o sumarse a un reto de unas semanas para resolverla. Esa visión no solo suele fracasar, también agrava el problema, porque empuja a quienes la padecen hacia la culpa, la frustración y el silencio.

Negar que se trata de una enfermedad crónica —o reducirla a un asunto de tallas— termina favoreciendo a la industria de los productos milagro: cremas, tés, fajas y rutinas que prometen resultados rápidos sin respaldo científico. Este mercado multimillonario, poco regulado, puede poner en riesgo la salud física y mental, e incluso la vida.

La evidencia científica ha vinculado la obesidad con más de 200 enfermedades. No solo implica alteraciones metabólicas, también es un factor de riesgo oncológico claramente documentado. Diversos estudios muestran que el exceso de tejido adiposo incrementa la probabilidad de desarrollar distintos tipos de cáncer mediante mecanismos como la hiperinsulinemia, la inflamación crónica de bajo grado, el aumento de estrógenos periféricos y alteraciones inmunometabólicas.

De acuerdo con la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (Ensanut) del Instituto Nacional de Salud Pública, en México más del 75% de los adultos vive con sobrepeso u obesidad. Esto convierte al exceso de peso en uno de los principales factores prevenibles asociados con cáncer de endometrio —el de mayor relación con obesidad— así como de mama, colorrectal, riñón, esófago, hígado, páncreas, vesícula, ovario, tiroides y mieloma múltiple, entre otros.

Además, la obesidad eleva significativamente el riesgo de otras enfermedades: aumenta en 243% la probabilidad de desarrollar diabetes tipo 2, en 113% la hipertensión, en 74% las dislipidemias y en 69% la enfermedad coronaria. También se relaciona con apnea obstructiva del sueño, presente en al menos 70% de las personas que viven con esta condición.

No se trata de un tema estético ni de “flojera”. Es una enfermedad crónica influida por factores biológicos, genéticos y ambientales, y no constituye un juicio moral.

Hablar de “salida” es importante porque muchas personas enfrentan un auténtico laberinto: discriminación, falsas promesas de soluciones rápidas, esfuerzos que no se traducen en pérdida de peso y pensamientos que alimentan ansiedad y autocrítica. El estigma funciona como una barrera que retrasa el diagnóstico y aleja a las personas del sistema de salud.

La evidencia actual señala tres acciones clave. Primero, reconocer la obesidad como una enfermedad progresiva y tratable que requiere seguimiento a largo plazo. Segundo, establecer rutas claras de atención: detección temprana, evaluación de comorbilidades, metas realistas y un abordaje multidisciplinario que incluya nutrición, actividad física, salud mental y, cuando sea necesario, tratamiento farmacológico o cirugía bariátrica. Tercero, transformar la narrativa: dejar de etiquetar a alguien como “obeso” y hablar de “persona que vive con obesidad”. Ese cambio de lenguaje protege la dignidad y facilita pedir ayuda.

En el marco del Día Mundial de la Obesidad, el conversatorio “La obesidad: un laberinto con salida”, organizado por Lilly México, subrayó la necesidad de un debate público basado en rigor médico y no en prejuicios. También se presentaron datos de un informe internacional que ubica a México en una posición intermedia respecto a su respuesta frente a esta enfermedad: existen avances en guías clínicas, pero persisten grandes desafíos en implementación, acceso y continuidad del tratamiento.

La salida no es un eslogan comercial, sino una agenda integral. Implica que el personal de salud escuche sin juzgar, que los medios informen sin estigmatizar, que las políticas públicas prioricen prevención y tratamiento basados en evidencia, y que las personas entiendan que buscar apoyo no es rendirse, sino asumir el control de su salud.

El estilo de vida influye, pero no como castigo. Importa cuando el entorno facilita elecciones saludables: escuelas con alimentación adecuada, jornadas laborales que permitan actividad física y sistemas de salud que acompañen más allá de una recomendación superficial. También importa reconocer que el apetito, la saciedad y el metabolismo pueden oponerse biológicamente a la pérdida de peso; por eso hay quienes hacen “todo bien” y aun así requieren apoyo médico.

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