Los riesgos ocultos que producen las olas de calor en la salud cerebral y las alteraciones cognitivas

Las olas de calor son cada vez más frecuentes e intensas como consecuencia del cambio climático, lo que supone un desafío creciente para la salud pública mundial. Cuando las temperaturas se mantienen elevadas durante varios días, no solo generan malestar, sino que también implican riesgos reales para el equilibrio físico y psicológico de las personas.
Diversas investigaciones y profesionales sanitarios advierten que el impacto del calor no se limita al corazón o a los pulmones. El cerebro, debido a su alta demanda energética y a su delicado control térmico, figura entre los órganos más sensibles frente a estas condiciones extremas.
La exposición prolongada a temperaturas elevadas puede provocar desde deshidratación y agotamiento hasta golpes de calor capaces de alterar funciones neurológicas esenciales. Los efectos no se restringen a síntomas inmediatos, sino que pueden incluir cambios profundos en la actividad cerebral y en la salud mental.
En el caso de personas con enfermedades neurológicas como epilepsia, esclerosis múltiple, migraña o antecedentes de accidente cerebrovascular, el calor puede agravar los síntomas e incluso desencadenar episodios severos, como convulsiones o deterioro cognitivo repentino. Además, en la población general, las altas temperaturas pueden afectar la capacidad de concentración, la toma de decisiones y favorecer conductas impulsivas o agresivas.
El cerebro humano rara vez tolera aumentos superiores a 1 °C por encima de la temperatura corporal normal. Las neuronas son especialmente vulnerables a estos cambios, lo que puede alterar la transmisión de señales nerviosas y comprometer el funcionamiento global del sistema nervioso. A esto se suma que algunos fármacos utilizados en trastornos neurológicos o psiquiátricos pueden dificultar la regulación térmica del organismo, incrementando el riesgo de hipertermia.
Estudios también han mostrado que el calor intenso reduce de manera significativa la atención y el estado de alerta, especialmente en personas que trabajan bajo exposición directa al sol. Cuando la piel se calienta, el cuerpo redirige el flujo sanguíneo hacia la superficie para disipar el calor y aumenta la ventilación, lo que puede disminuir la capacidad mental y afectar el rendimiento cognitivo.
Investigaciones realizadas en regiones con temperaturas nocturnas elevadas han asociado el calor persistente con decisiones irracionales, impulsividad y errores económicos, sobre todo en hogares con menos recursos o sin acceso a sistemas de climatización.
En adultos mayores, la exposición prolongada al calor puede alterar funciones del hipocampo, una estructura clave para la memoria y el aprendizaje, contribuyendo a un mayor deterioro cognitivo. Este riesgo es especialmente relevante en un contexto donde millones de personas ya presentan vulnerabilidades previas.
Datos recientes indican que el calor extremo ha afectado a la gran mayoría de la población mundial, con semanas adicionales de temperaturas por encima de los valores habituales. Sin embargo, muchos planes de acción frente al calor aún no contemplan de manera suficiente los efectos en la salud mental.
Durante las olas de calor se ha observado un aumento en suicidios, crisis epilépticas y hospitalizaciones psiquiátricas, siendo los niños, los adultos mayores y quienes ya padecen trastornos mentales los grupos más vulnerables.
Ante este panorama, especialistas recomiendan medidas integrales para proteger la salud neurológica y emocional. Entre ellas destacan campañas informativas sobre los riesgos del consumo de alcohol y drogas durante el calor, la creación de refugios comunitarios con espacios frescos para personas en situación de riesgo, y un mayor seguimiento médico y social para quienes tienen antecedentes de trastornos mentales.
La evidencia sugiere que el mundo aún no está completamente preparado para enfrentar el impacto del cambio climático en la salud mental. Por ello, resulta urgente implementar estrategias adaptadas a cada contexto social que permitan reducir el riesgo de emergencias neurológicas y psicológicas frente al avance de las temperaturas extremas.
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