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Parásito común que se oculta en muchas personas es más complejo

ENFERMEDADES
Redacción El Tiempo
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Un parásito que habita en hasta una de cada tres personas en el mundo podría ser mucho más complejo y difícil de eliminar de lo que se pensaba, según una investigación reciente de la Universidad de California en Riverside.

El estudio, publicado el 24 de enero en Nature Communications, reveló que Toxoplasma gondii —el microorganismo responsable de la toxoplasmosis— se esconde en el organismo de maneras más sofisticadas de lo que los especialistas creían. Este hallazgo podría explicar por qué los tratamientos actuales no logran erradicar por completo la infección.

La toxoplasmosis suele adquirirse al consumir carne poco cocida o al entrar en contacto con tierra contaminada o heces de gato. En la mayoría de los casos, las personas infectadas no presentan síntomas.

Sin embargo, una vez dentro del cuerpo, el parásito puede permanecer de por vida. Para protegerse, forma pequeños quistes, principalmente en el cerebro y en los músculos, cada uno capaz de albergar cientos de parásitos en estado latente.

Estos pueden reactivarse más adelante, especialmente en individuos con el sistema inmunitario debilitado, lo que en ocasiones provoca complicaciones graves como lesiones cerebrales o problemas oculares. Además, si la infección ocurre durante el embarazo, puede afectar al feto.

Durante años se creyó que cada quiste contenía un solo tipo de parásito inactivo. No obstante, mediante técnicas avanzadas de análisis celular individual, los investigadores descubrieron que dentro de un mismo quiste coexisten distintos subtipos de parásitos, cada uno con funciones específicas.

“Observamos que el quiste no es simplemente un refugio pasivo, sino un entorno dinámico con diversas formas del parásito orientadas a la supervivencia, la diseminación o la reactivación”, explicó Emma Wilson, autora principal del estudio y profesora de ciencias biomédicas en UC Riverside.

Wilson detalló que los quistes se desarrollan gradualmente bajo la presión del sistema inmunitario. Están rodeados por una pared resistente y contienen parásitos de crecimiento lento llamados bradizoítos.

Estos quistes pueden medir hasta 80 micras de diámetro, mientras que cada bradizoíto alcanza aproximadamente cinco micras de longitud (80 micras equivalen a cerca de 0,003 pulgadas).

Aunque se localizan principalmente en neuronas —células del sistema nervioso—, también pueden encontrarse en el corazón y en el músculo esquelético, lo que ayuda a entender por qué el consumo de carne poco cocida puede transmitir la infección.

Una vez formados, los quistes resisten los tratamientos disponibles y permanecen en el organismo de manera indefinida, además de facilitar la propagación del parásito.

Cuando se reactivan, los bradizoítos se transforman en taquizoítos, una forma de rápida multiplicación que puede diseminarse por el cuerpo y provocar afecciones graves como encefalitis toxoplásmica o toxoplasmosis ocular con pérdida de visión.

Utilizando un modelo en ratones que reproducía fielmente la infección natural, los investigadores lograron aislar parásitos directamente de los quistes y comprobaron que cada uno contenía al menos cinco subtipos distintos de bradizoítos.

“Durante décadas, el ciclo de vida de Toxoplasma se describió de forma demasiado simplificada, como una transición lineal entre taquizoítos y bradizoítos”, señaló Wilson. “Nuestros hallazgos cuestionan esa visión. Al aplicar secuenciación de ARN de célula única a parásitos aislados directamente de quistes en organismos vivos, descubrimos una complejidad inesperada dentro del propio quiste”.

Los medicamentos actuales pueden controlar la forma de crecimiento rápido, pero no destruyen los quistes.

“Al identificar distintos subtipos dentro de los quistes, nuestro estudio señala cuáles podrían reactivarse con mayor probabilidad y causar daño”, afirmó Wilson. “Esto ayuda a entender por qué ha sido tan difícil desarrollar fármacos eficaces y abre la puerta a terapias más específicas en el futuro”.

Desde hace tiempo, la toxoplasmosis se ha relacionado con complicaciones en el embarazo, y la infección congénita sigue siendo un riesgo importante cuando la exposición ocurre por primera vez durante la gestación.

Wilson expresó su esperanza de que estos resultados impulsen mayor atención hacia esta enfermedad. “Nuestro trabajo cambia la manera en que entendemos el quiste de Toxoplasma. Lo redefine como el centro de control del ciclo de vida del parásito y nos indica hacia dónde deben dirigirse los nuevos tratamientos. Si realmente queremos tratar la toxoplasmosis, debemos enfocarnos en el quiste”, concluyó.

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