Pies cambian con la edad y cuándo el calzado con soporte se vuelve indispensable

Con el paso de los años, los pies experimentan modificaciones que pueden repercutir de forma notable en la movilidad, la autonomía y el estado general de salud.
Un reportaje de The Independent destaca que estos cambios hacen necesaria una atención más especializada y una elección adecuada de calzado con soporte, ya que el momento en que se adopta este tipo de zapato puede incidir directamente en la calidad de vida.
Cambios fisiológicos asociados al envejecimiento
El envejecimiento altera tanto la estructura como la función del pie. La Dra. Helen Branthwaite, podóloga y asesora clínica del Royal College of Podiatry, explicó que con el tiempo se modifica la elasticidad del colágeno, afectando ligamentos y tendones, lo que disminuye la resistencia y flexibilidad.
Además, la regeneración ósea se vuelve más lenta, lo que incrementa la fragilidad de los huesos y retrasa su recuperación ante lesiones. A esto se suma la sarcopenia —la pérdida progresiva de masa muscular— que debilita la fuerza del pie.
También se produce una reducción de la almohadilla grasa situada bajo el talón y la parte anterior del pie. Al disminuir esta “amortiguación natural”, aparecen molestias al caminar o permanecer de pie durante periodos prolongados.
Otro cambio frecuente es el descenso de los arcos plantares. Con los años, los ligamentos y tendones tienden a estirarse, lo que provoca que el pie se alargue y se vuelva más plano, especialmente después de los 60. Asimismo, se pierden mecanorreceptores —sensores que informan al cerebro sobre la posición del cuerpo—, lo que puede traducirse en menor sensibilidad y problemas de equilibrio.
Problemas habituales en la vejez
Entre las dificultades más comunes se encuentra la pérdida de fuerza y resistencia, que puede generar fatiga incluso en trayectos cortos. También son frecuentes las alteraciones en la piel, como sequedad o cambios en el color y la textura, vinculados a variaciones en el flujo sanguíneo y en el colágeno.
Muchas personas se sorprenden al notar que su talla de calzado cambia en la adultez, debido al ensanchamiento o alargamiento del pie. La disminución de la almohadilla grasa puede ocasionar dolor importante, mientras que la reducción de la sensibilidad incrementa el riesgo de caídas.
Con la edad también aumentan las fracturas por fragilidad, sobre todo después de los 80 años. Enfermedades como la diabetes o la artritis, más comunes en etapas avanzadas de la vida, pueden afectar la salud de los tejidos y modificar la forma de pisar.
La importancia del calzado con soporte
Elegir el calzado apropiado resulta esencial para prevenir molestias y lesiones. Según Branthwaite, el tipo de zapato debe adaptarse a la actividad: para caminar largas distancias o hacer ejercicio conviene optar por modelos con buena amortiguación y soporte.
Un calzado inadecuado puede provocar dolor, inestabilidad y elevar el riesgo de caídas. En cuanto a los tacones, la especialista advierte que superar los cuatro centímetros aumenta la inestabilidad, por lo que recomienda bases amplias y cierres firmes que permitan un ajuste seguro.
Revisar periódicamente la talla es fundamental, ya que puede variar con el tiempo y según la marca. Acudir al podólogo es aconsejable cuando resulta difícil encontrar zapatos cómodos, persisten molestias, aparecen infecciones o hay problemas al cortar las uñas.
Cuidados y prevención
Mantenerse activo, por ejemplo caminando a diario, ayuda a conservar la movilidad y la fuerza en pies y piernas. La higiene también es clave: lavar y secar cuidadosamente los pies después del baño contribuye a prevenir infecciones y alteraciones cutáneas.
En definitiva, prestar atención a los cambios propios del envejecimiento y adoptar medidas preventivas, como usar calzado adecuado y realizar controles periódicos, puede marcar una diferencia sustancial en la autonomía y el bienestar en la etapa adulta.
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