Probablemente pasarás a mirar otra cosa en 47 segundos. ¿Puedo captar tu atención un poco más?

Lo más probable es que estés leyendo este texto en una pantalla. Según investigaciones sobre la atención promedio, tengo menos de un minuto antes de que algo compita por tu foco.
Y no es casualidad. Diversos estudios indican que la capacidad de concentración ha disminuido en las últimas dos décadas, en gran parte por el auge de la tecnología digital, los algoritmos diseñados para mantenernos desplazándonos de un contenido a otro y la difusa línea entre trabajo y vida personal. La doctora Gloria Mark, profesora de Informática en la Universidad de California, Irvine, encontró que el tiempo continuo frente a una pantalla pasó de unos dos minutos y medio a apenas 47 segundos en 20 años.
Esta reducción afecta tanto el desempeño laboral como el disfrute del tiempo libre. Aunque es difícil revertir por completo la tendencia en un entorno tan digitalizado, sí es posible entrenar nuevamente la atención.
Cerebros acostumbrados a la distracción
Antes, las rutinas nocturnas podían incluir lectura, cartas o ver una película sin interrupciones. Hoy, incluso durante una serie, es común revisar el teléfono. No se trata necesariamente de desinterés, sino de un cerebro habituado al estímulo constante.
La dopamina —vinculada con la recompensa y la motivación— juega un papel central. La doctora Anna Lembke, psiquiatra de la Universidad de Stanford, explica que actividades saludables como el ejercicio también liberan dopamina, pero las redes sociales ofrecen estímulos inmediatos y constantes que elevan su nivel de forma muy intensa.
Los feeds infinitos refuerzan la sensación de que siempre hay algo mejor esperando. La doctora Marian Berryhill, de la Universidad de Nevada, Reno, advierte que esta dinámica dificulta involucrarse en tareas que no brindan gratificación instantánea.
A esto se suma el entorno laboral actual. La disponibilidad permanente —mensajes, correos, notificaciones— mantiene al cerebro en estado de alerta. Mark señala que esa expectativa de interrupción constante reduce la concentración sostenida.
El círculo del agotamiento y la procrastinación
La atención no es ilimitada. Depende del nivel de energía y del estrés, que varían a lo largo del día. Cuando no se gestiona bien, el trabajo invade el tiempo personal, se prolonga hasta la noche y genera un ciclo de cansancio que afecta el rendimiento del día siguiente.
Los descansos no son un lujo, sino una necesidad. Socializar, moverse o desconectarse brevemente ayuda a restaurar la capacidad de concentración.
Además, después de una interrupción, pueden pasar alrededor de 25 minutos antes de recuperar plenamente el enfoque en una tarea, según Mark. Por eso, pequeñas “distracciones rápidas” suelen costar más de lo que parecen.
Una herramienta útil es la metaconciencia: notar el impulso de distraerse antes de actuar y preguntarse si realmente es necesario hacerlo en ese momento. Este ejercicio entrena al cerebro para elegir conscientemente dónde poner la atención.
Organizar el día según tu energía
Cada persona tiene un cronotipo distinto. Muchas alcanzan su mayor nivel de concentración a media mañana y, en menor medida, después del almuerzo. Identificar esos picos permite reservarlos para tareas complejas y dejar actividades más ligeras para momentos de menor energía.
El profesor Marc Berman, de la Universidad de Chicago, diferencia entre atención dirigida (la que usamos voluntariamente para concentrarnos) y atención involuntaria (la que se activa ante estímulos interesantes). La primera se fatiga; la segunda no tanto. Por eso, distribuir estratégicamente las tareas puede marcar una diferencia importante.
Descansar para rendir mejor
Incluso quienes pueden trabajar largas horas necesitan pausas intencionales. Lo ideal es tomarlas antes de sentirse exhaustos. Breves descansos entre tareas —caminar unos minutos, ordenar algo sencillo— ayudan a resetear la mente.
Los descansos más largos también son valiosos. Salir al aire libre resulta especialmente beneficioso. Berman explica que los entornos naturales, con estímulos suaves y fascinantes como el sonido del agua o el movimiento de los árboles, permiten que la mente descanse y se recupere. En contraste, espacios urbanos intensos exigen atención constante y pueden agotar más rápido.
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