¿Quieres preservar la salud cerebral? Involúcrate en una búsqueda de conocimiento

“Cualquiera que deje de aprender se vuelve viejo, tenga 20 u 80 años”, afirmó en su momento Henry Ford. “Quien continúa aprendiendo, se mantiene joven”.
Un estudio reciente respalda en parte esa idea.
La investigación, publicada en la revista Neurology, indica que las personas que mantienen una vida intelectualmente activa tienen menor probabilidad de desarrollar enfermedad de Alzheimer y experimentan un envejecimiento cerebral más lento.
Según los resultados, quienes registraron mayores niveles de aprendizaje y estimulación cognitiva a lo largo de su vida retrasaron el inicio del Alzheimer en aproximadamente cinco años, en comparación con quienes tuvieron menor estimulación. Además, el deterioro cognitivo leve apareció siete años más tarde en el grupo con mayor enriquecimiento intelectual.
En términos generales, puntuaciones altas en estimulación cognitiva durante toda la vida se asociaron con un 38 % menos riesgo de Alzheimer y un 36 % menos riesgo de deterioro cognitivo leve.
La autora principal, Andrea Zammit, profesora adjunta de psiquiatría y ciencias del comportamiento en el Rush University Medical Center, explicó que el estudio evaluó la estimulación mental desde la infancia hasta la adultez, considerando actividades y recursos que favorecen el desarrollo intelectual. Los hallazgos sugieren que la salud cognitiva en etapas posteriores depende en gran medida de la exposición continua a entornos mentalmente enriquecedores.
Para llevar a cabo el análisis, los investigadores siguieron durante cerca de ocho años a más de 1,900 adultos sin demencia, con una edad promedio de 80 años al inicio del estudio.
Los participantes completaron cuestionarios sobre su nivel de estimulación cognitiva en distintas fases de la vida:
Infancia y adolescencia (antes de los 18 años): lectura en casa, acceso a libros, periódicos y atlas, así como el estudio prolongado de un idioma extranjero.
Mediana edad: nivel de ingresos a los 40 años, disponibilidad de recursos culturales en el hogar (como suscripciones o carnet de biblioteca) y frecuencia de visitas a museos o bibliotecas.
Adultez tardía (alrededor de los 80 años): actividades como leer, escribir, jugar y situación económica en la jubilación.
Durante el seguimiento, 551 participantes desarrollaron Alzheimer y 719 presentaron deterioro cognitivo leve, considerado una etapa previa a la demencia.
Entre quienes tuvieron mayor estimulación cognitiva a lo largo de su vida, el 21 % desarrolló Alzheimer, frente al 34 % en el grupo con menor enriquecimiento. Asimismo, el diagnóstico de Alzheimer ocurrió en promedio a los 94 años en el grupo más estimulado, comparado con los 88 años en el grupo menos estimulado.
De forma similar, el deterioro cognitivo leve apareció alrededor de los 85 años en quienes tuvieron mayor enriquecimiento, frente a los 78 años en quienes tuvieron menor exposición a estímulos intelectuales.
Incluso cuando presentaban cambios cerebrales tempranos relacionados con el Alzheimer, las personas con mayor estimulación cognitiva conservaron mejor la memoria y las habilidades de pensamiento.
Zammit señaló que estos resultados son alentadores, ya que sugieren que participar de manera constante en actividades mentalmente desafiantes puede influir positivamente en la función cognitiva. También destacó que políticas públicas que amplíen el acceso a bibliotecas y programas de educación temprana podrían contribuir a fomentar el aprendizaje continuo y, potencialmente, reducir la incidencia de demencia.
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