La oposición, entre golpes de Alito e invocaciones de Lilly
Salvador García SotoLa sesión de la Comisión Permanente del Congreso de la Unión, con sus gritos, estridencias y hasta pleitos a golpes, es el mejor reflejo de la situación política del país en estos momentos. Una mayoría de Morena ensoberbecida y que utiliza su superioridad numérica para imponer condiciones y privilegiar solo su agenda, y una oposición que, debilitada, arrinconada e impotente, no atina a nada más que recurrir a la estridencia declarativa y hasta a los golpes para hacerse notar ante su falta de estrategia y argumentos.
Por un lado los gritos de la senadora panista Lilly Téllez, defendiéndose de los ataques y acusaciones de “traidora a la Patria” que le endilga el oficialismo, tras sus declaraciones a la trumpista Cadena Fox de los Estados Unidos, en las que invocó la “ayuda” del “fuerte liderazgo estadounidense” para acabar con los cárteles de la droga mexicanos y acusó que “el gobierno mexicano protege” a los narcos y por eso la presidenta Sheinbaum no acepta la ayuda de Trump. Téllez acusa que desde la Presidencia quieren “sacarme del Senado y meterme a la cárcel”, mientras la Presidenta la acusa de solicitar la intervención extranjera en el país, pero niega persecución en su contra.
Por el otro lado, el senador y dirigente nacional del PRI que, también acusado de colaborar con Estados Unidos, se enoja porque le negaron la palabra en la sesión de ayer y, recordando su origen de líder porril en Campeche, se sube a la tribuna de la antigua Casona de Xicoténcatl y amenaza con empujones y golpes al asustado presidente de la Mesa Directiva, Gerardo Fernández Noroña, quien acusa una provocación, mientras es agredido por el líder priista y sus acompañantes en un zafarrancho en el que los morenistas lo arropan y lo sacan ante los violentos reclamos de los opositores.
Dos estampas de ayer que dibujan de cuerpo entero a la oposición política en México, que atraviesa por una crisis no sólo de representatividad, por la reducción de sus espacios en el Congreso, sino también de liderazgos y de credibilidad ante los electores. Pero también las escenas de ayer en el Congreso, confirman la soberbia y la incapacidad de Morena, como partido gobernante, de sostener un debate de altura y respetar a las minorías, a las que los morenistas, desde su desgastado líder Adán Augusto López, hasta el provocador presidente de la Mesa Directiva, Fernández Noroña, que lejos de mostrar estatura política, se dedican a agredir, denostar y cerrarle los espacios a las bancadas opositoras.
Porque ayer lo que privó en la sesión que terminó en violencia física, fue precisamente la violencia verbal, en la que, lo mismo Noroña que Adán y las senadoras morenistas que gritan siempre desde sus curules cuál vendedoras de mercado, se ensañaron contra Lilly Téllez y cayeron, como siempre lo hacen, en sus provocaciones, generando un ambiente tenso y violento durante todo el debate parlamentario.
Y cuando ya terminaba la sesión, Alejandro Moreno, que había estado pidiendo la palabra a Noroña y éste nunca se la concedió, sacó toda su ira, no sólo porque no le hayan dado el micrófono, sino por la jugada política operada desde Morena, con la que le quitaron al senador Néstor Murillo, quien con su renuncia a la bancada priista y su adhesión a Movimiento Ciudadano, mandó al PRI al cuarto lugar como fuerza en el Senado e hizo que, por primera vez en 92 años, desde las épocas en que el priismo dominaba completamente el Congreso, los senadores del PRI no tengan ninguna posición en la Mesa Directiva.
La violencia con la que Alito le reclama a Noroña el no haberle dado la palabra denota la impotencia del líder priista que sabe que desde Morena lo están debilitando y acosando con la amenaza de un juicio político y en su desesperación pierde los estribos y agrede con un par de derechazos al presidente de la Mesa Directiva que, fiel a su costumbre de victimizarse, ayer ya anunciaba una posible demanda por agresiones contra el senador priista, al tiempo que se quejaba de que mientras Moreno “es un hombre joven y con físico desarrollado, yo soy de la tercera edad y tengo 65 años”.
Las pasiones, la intensidad en el debate y hasta los enojos en cualquier parlamento son parte de la vida legislativa, pero lo que sucede desde hace rato en las dos Cámaras del Congreso mexicano es un proceso de degradación del debate legislativo y de la civilidad política que exhiben no sólo la desigualdad de fuerzas que hoy existe en la vida política del país, sino también la incapacidad de diálogo, de entendimiento y hasta de lo que significa la palabra “parlamentar” que es la capacidad “de entablar conversaciones con la parte contraria para intentar ajustar la paz, una rendición, un contrato o para zanjar cualquier diferencia”.
En este México polarizado y dividido por sus diferencias políticas hoy no tenemos políticos, ni líderes parlamentarios capaces de ejercer el oficio de la política. Ni desde el oficialismo, que se ceba en su soberbia y sus desplantes de poder, y lejos de promover la gobernabilidad a través del diálogo y la negociación con las minorías opositoras, se dedican a atizar, desde su creencia de superioridad, las diferencias, a atacar y denostar a los opositores. Y, para desgracia de la democracia y la representación política de los mexicanos, la oposición no tiene tampoco liderazgos capaces de lograr algo más que gritos estridentes, denuncias no siempre documentadas y, cuando se sienten impotentes, hasta recurren a los golpes.
Ninguna de las dos partes, ni los prepotentes y ensoberbecidos morenistas ni los apocados y desesperados opositores, le aportan nada bueno a la sociedad mexicana en estos momentos, como no sean ejemplos de que las diferencias pesan más que la capacidad de diálogo y que, si no se pueden entender dialogando y conversando, entonces la violencia es la vía, ya sea verbal, política o física. Luego se asombran cuando los mexicanos imitan el ejemplo de sus dirigentes y gobernantes y, en lugar de hablar y dialogar, resuelven sus problemas por la violencia hasta homicida.
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