El problema de las notas de voz en WhatsApp que nadie acepta
Jorge Martínez MauricioHace unos días leí un artículo publicado por la BBC que ponía sobre la mesa un debate acerca de los mensajes de audio. El texto contrastaba la popularidad que tienen las notas de voz en México frente al rechazo casi absoluto en el Reino Unido. Los datos y testimonios apuntan a que, mientras aquí somos fervientes defensores de los audios de WhatsApp para enviar monólogos interminables, los británicos lo consideran una invasión al espacio personal y una falta de cortesía.
No podríamos estar más de acuerdo con la postura de los ingleses.
La nota de voz se ha convertido en la herramienta tecnológica más asimétrica e injusta que existe en nuestras interacciones digitales. Para quien la envía es una maravilla de la comodidad: basta un toque en la pantalla para hablar sin parar, soltando las ideas como van llegando al cerebro, sin filtro, en ocasiones sin estructura y sin importar el destinatario. Es el triunfo definitivo de la ley del mínimo esfuerzo. Sin embargo, el costo de esa comodidad se lo transferimos a quien lo recibe.
El problema de esta dinámica es que el emisor de la nota de voz casi nunca toma en consideración el contexto del otro. ¿Estará en una reunión de trabajo? ¿Habrá más gente a su alrededor? ¿Tendrá sus audífonos a la mano? Al recibir un archivo de audio de varios minutos, el receptor se enfrenta a un dilema moderno: no sabe si le están informando de una urgencia, si le van a pedir un favor o si simplemente es un resumen desorganizado de lo que el otro hizo en su fin de semana. A diferencia del texto, que se puede escanear con la mirada en un par de segundos para dimensionar su importancia, el audio es una "caja negra" que exige tiempo y atención absoluta. Además, tiene una desventaja técnica insuperable: no se puede buscar. Intenten encontrar un dato específico, una dirección o una cifra dentro de un mar de notas de voz; es una tarea frustrante.
Pero el colmo de esta desconexión social patrocinada por la tecnología, y donde se pierde todo rastro de consideración es en espacios públicos. Todos hemos sufrido a esa persona que decide reproducir sus notas de voz a todo volumen y en altavoz. Es una extraña pérdida del pudor digital. Parece que la idea de usar el teléfono pegado a la oreja es una práctica en peligro de extinción.
Las herramientas de comunicación digital deberían existir para facilitarnos la vida, no para secuestrar nuestro tiempo. Redactar un mensaje de texto requiere un esfuerzo mental mínimo de síntesis; obliga a ordenar las ideas antes de plasmarlas. Es, en el fondo, un acto de empatía porque permite que el receptor lea a su propio ritmo y responda cuando le sea posible. El audio, salvo que sea una situación de imposibilidad física para teclear, se ha transformado en una imposición disfrazada de conveniencia.
No se trata de satanizar la función ni de eliminarla, pero sí de entender que nuestro tiempo no vale más que el de la persona al otro lado de la pantalla. Así que, antes de grabar tu próximo podcast por WhatsApp, valdría la pena hacer una pausa y preguntarse: ¿esto realmente amerita el tiempo del otro, o simplemente me da demasiada pereza escribir?
ps. si no lo sabes, también se le puede dictar para que transcriba el audio a palabras. Si, la transcripción inversa también existe, pero solo funciona en celulares.
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